BIO

Justo Lera es un madrileño con alma gallega. Nacido en Madrid en 1964, tiene una larga trayectoria musical.

Formado en el Conservatorio de Madrid y posteriormente en la Escuela de Música Creativa.

En los 80 fundó “La Ventolera” con sus hermanos Héctor, Joaquín y Carlos.

Como bajista ha acompañado a diferentes artistas: Martirio, Álvaro Urquijo, Nacho Béjar, Ángel Petisme …, entre otros. Ha acompañado también a grupos, como Ciudad Jardín, PVP, Los Flying Gallardos … También compone para algunos montajes de teatro.

Es además un gran letrista y compositor.

Justo Lera derrocha sentimiento, tiene una voz cálida y rotunda y sus letras están llenas de poesía; en el escenario tiene un enorme magnetismo.

CAMINOS QUE ABREN OTROS CAMINOS

Mi primera guitarra me la regaló un hermano mayor, y era casi más grande que yo. Recuerdo que lloré cuando rompí la primera cuerda. No sabía que se le podía poner otra.

Aprendí a tocarla buscando los acordes de canciones que me gustaban, y poco a poco fui consiguiendo que sonara parecido a lo que salía de aquellos discos de vinilo. O al menos, a mí me lo parecía.

En algún momento, unos amigos me invitaron a un local de ensayo. Faltaba un bajista y había un bajo disponible; lo cogí sin saber muy bien lo que hacía y, a partir de ese momento, me enamoré de ese instrumento. Además, no se me daba mal, y me dio la oprtunidad de comenzar un largo viaje, de empezar a trabajar con muchos artistas con los que seguí creciendo.

Uno aprende por su cuenta, con esfuerzo, y enseguida piensa que no necesita mucho más pero, por suerte, el viaje te va ofreciendo otros caminos. Uno de ellos fue la oportunidad de ingresar en la Escuela de Música Creativa, en la que obtuve una beca para estudiar estudiar armonía moderna y bajo. Caminos que abren otros caminos.

A veces la vida te aleja de ellos, o te alejas tú solo. Pero si uno está atento puede encontrar la forma de retomar el camino, tal vez en sentido contrario, o desde una curva cerrada. Hoy me planteo la composición de canciones como el vehículo que me permita recorrerlo, a ciegas y con los ojos bien abiertos, siempre buscando lo que ya se escondía –aunque entonces no lo supiera- en los acordes de mi vieja guitarra, y que sólo conseguimos rozar con la punta de los dedos: la verdad y la belleza.